Es muy sencillo. Mandame un email a poesia1963@gmail.com y será publicada tus poesías o tus relatos. Se admiten un máximo de dos trabajos siempre en formato word .No olvidar una fotografía del autor. Todos los trabajos aquí expuestos estan registrados los derechos de autor y expuestos bajo la autorización personal, así como las imagenes que son tomadas de la red siendo de la propiedad del autor. Administrador : Santiago Medina Carrillo. Fundado el 25 de Enero de 2011

sábado, 2 de febrero de 2013

Sergio Miguel Simón Palma




Sergio Miguel Simón Palma  Nace en Tonalá, Chiapas; México el 13 de febrero de 1986 en la costa del sureste mexicano: La Tierra del sol. También Terruño del poeta  Joaquín Vazquez Aguilar y  del ceramista Rodolfo Disner Clavería. Palma  es un fotógrafo de arte y escritor de la nueva generación que tan joven gesta su obra visual y literaria en la costa chiapaneca.  Egresa en 2010 de la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana de la Universidad Autónoma de Chiapas; Facultad de humanidades. Se matricula con la tesis titulada: "El surrealismo en el poema  piedra de sol de Octavio Paz". Cursa en la licenciatura las optativas de crítica cinematográfica y guión cinematográfico que le despierta el interés por las artes visuales. Colabora en el suplemento cultural Yuria como crítico de cine que dirige el poeta y catedrático colombiano Ricardo Cuellar Valencia. Mantiene el registro de una colección de cuentos eróticos,  y de la colección fotográfica titulada El ojo acuoso. Ha publicado en México Desconocido, La membrana: Revista fotográfica. Funda el primer grupo de arte en su ciudad natal que lleva el nombre de Onírica 30500. Autor de los relatos La última pesca de mi padre, Antonela y el  joven Pastor; y  varios videos-documentales.

 En la rama fotográfica, ha captado con su lente la melancolía del mar en cálidos atardeceres(Puerto Paredón, Cabeza de toro, Puerto Arista) que en su momento poetizó Joaquín Vasquez Aguilar. Jamás se olvida de su gente mulata, de las rarezas de la vida,  y los sueños que tejieron su infancia.
 
Su obra :
La última pesca de mi padre
 
 
                                                                           Sergio Miguel Simón Palma
 
 Mi padre era pescador  de la bahía de Paredón. Era un Hombre  firme como  el tallo del mangresal, de ojos negros que  revivían  con la  luz  tenue del candil  en noches de pesca. La mar era su segunda musa  y el  cayuco  su fe incrédula   que  rompía   el himen  de las aguas mansas al zarpar en  madrugadas de hambre. Mi viejo era padre de las aves, e incluso  amante de sirenas envejecidas.
   Cuando regresaba de pesca  en la mocedad  de la madrugada, traía todo tipo de pescado: mojarra,  bagre, macabil, jaibón  y  a veces un par de cuatro ojos que se colaban en el chinchorro; no se diga de   camarones y  pigüas frescas en épocas de vendabal frío. Yo admiraba su valentía. Era un viejo que no temía a la furia de los mares y  mucho menos a los cánticos de Eolo.
   Pero un día, como todo héroe ejemplar, fue traicionado por el báculo   de  la muerte. Él jamás  regresó a casa en aquella  noche de lluvia intensa del mes de Mayo. Creo que Poseidón me lo dejó prisionero en cavernas  enfermas de eco: Mi padre era mi inspiración, mi motivo a seguir, parte de mi ser. Ahora,  su nombre es verbo de dolor. ¿Qué podía yo hacer ahora sin él? -Sería una tontería reclamarle a la mar-; pues mi padre era un simple  mortal como todo hombre olvidado por  Dios sobre la  faz de la tierra.
   He de confesar que ése día que mi padre ya no volvió, la mar era mí enemiga; había purgado lo que quedaba de mí vida con su sal maldita. -¡Lloré amargamente!-, y cuando clamaba  ángeles a mi lado, los  ingratos querubines se  perdían en el festín de orgías trémulas. Despechado y herido; tal como se destierra la sonrisa de los labios, me quedé vacío. Sin fe. Donde solo queda el concepto de Dios sin creer en  Él.
   Al siguiente día que era domingo, salí muy desesperado como un demente sin rumbo alguno. Caminé por toda la playa para encontrar su barca de nogal brasileño; pero las olas se burlaban con brisas pálidas en celo: Orgías inquietas. Eran un niño envejecido que contemplaba su funeral  con la  luz  hermafrodita del sol cobrizo que se ocultaba en el  corazón del Oriente.
   Tras mis pasos cansados y  con sed en el alma, decidí regresar a casa derrotado. Durante mi camino escuchaba el canto del faisán que entonaba melodías otoñales, pálidas gaviotas  que picoteaban  el burel asoleado a orilla del estero. Mí paredón ya no era mi nación, sino el  cementerio de mi dolor: Un pequeño paraíso de dolor.
 Cuando entré a casa, mi madre ya no estaba en el trepil donde tejía a diario sus mantas. Desesperado dirigí la mirada como paneo de Panavision hacia el altar ausente de plegarias. Faltaba en la escenografía cristera la fotografía de casamiento, el retrato del abuelo y la estampa de mi difunto primo Bladimir Pineda. Pronto, mis ojos se tiñeron de dolor al conversar con la soledad. Intuía  que un segundo entierro se repetiría al no ver a mi madre vistiendo carne; sentía muy en mí corazonada la mítica sensación  de que   mi padre   viniera  del inframundo para llevársela. Sin embargo, la fe  embalsamó mi corazón trás verla sentada en el muelle cercano a casa, quizá a cincuenta metros de distancia. Y es que sino fuése  por el bullicio de las aves, no me hubiera dado cuenta de dónde estaba. Entonces, aceleré mis pasos, y llegué ante la presencia de su rostro erosionado por elegías del dolor. Al parecer estaba muy aturdida por los fantasma de la locura. Pero eso sí, siempre aferrada a los  cantos de la  vida con  el viejo retrato entre sus brazos de su casamiento.
  Y así pasaron días y meses que a diario iba al muelle, hasta quedarse con el tiempo para siempre. Mi madre estaba muerta en vida, obediente a su demencia y reclamándole a la mar sus penitencias. Era un dolor en mis entrañas al ver su cuerpo en la persistencia de la vida; tan seca y pálida como las hojas del magresal en verano. Ciertamente su alma al estar  vencida, me desesperaba día con día.
Una mañana, me acerqué discretamente a ella y le toqué su hombro deshidrato. Mi viejecita me devolvió la mirada extraviada sin reconocerme, se aferraba al decirme en repetidas ocasiones  que su amado era traído por sirenas de oro; y que un caballo alado de color rojo  venía a tomar su baño a medianoche en las frías aguas. -Yo sin  contradecirle, le decía que sí-...
 Desde ese momento, entendí que doña Emilia, mi madrecita adorada estaba muerta en su psicosis maniacodepresiva; creyendo en falsas ilusiones  de que mí padre aún volvería. Pasaron   tardes y mañanas interminables,  le veía con dolor en aquel muelle lacerado por anclas oxidadas y   picado por almejas ciegas.
Hasta ahora, han  pasado  quince  años de duelo. Mi madre  se ha quedado sola frente a las aguas necias de la mar, saludando a los hijos de Ícaro,  a seres del  firmamento que son dibujados por la demencia.  Según mi madrina Estela,  la oye conversar con seres marinos; e incluso acaricia las gaviotas tiernas para darles calor. Yo solo sé que mi madre era tan buena como la luz del día; pero ahora, la veo muerta ante mis ojos de  un hombre maduro.
Cuando vayas  al muelle, jamás le preguntes a quién espera. Solo  observa    su pálida sombra que parpadea en el reflejo del agua espesa.  Moverá sus labios, y  te preguntará la hora y el día; el mes  y el año: Pero  dile que "sí" a sus peticiones enfermas. Observar  el  lento inclinar de su rostro fraguado por el viento a peticiones del cangrejo enfermo. Se reirá y reirá como las ondas del agua al expandirse tras caer la débil piedra.
¿Saben?...Ayer fue un día especial por ser  navidad. Le llevé flores y pan, y  le dije: -¡Hola mamá!-. Ella, me vio a los ojos, y con  un  verbo violento me  preguntó si los mares  abortaban  cadáveres (con un tono psicótico).  -No lo sé-  le dije. Pronto estreché su cuerpo hasta escuchar  tronar los hueso de su pecho. Me perdía en llantos, y ella se perdía en mis tibios brazos. Cerre mis ojos y recordé aquellos años  cuando vivía mi difunto padre: Hombre sabio y valiente que se fue para siempre en el  estómago de cuarzo del mes de Mayo.
Relato dedicado a la señora Emilia Núñez, mi abuela.
 
CADÁVER.
 
 
 
                                                                                   Sergio Miguel Simón Palma
Escultura de arcilla,orquídea ardiente, polvo gris
injerto de Dios, sarcasmo del diablo, arquitectura de huesos;
obedeces a la muerte como las olas al viento,el orgullo a la soberbia,
el tiempo al péndulo, el río a su cauce.
Cadáver rígido;
       Brazo de nogal
              cuerdas de violín
                           hueso de marfil
                                        corazón de piedra...
                                                       Cadáver frío;
                                                                   aliento eólico,
                                                                           lágrima de nutria
                                                                                        sangre rancia
                                                                                                    eco sordo...
                                                                                 Cadáver podrido y  maloliente:
 
                                                                               Gangrena espiritual
                                                         ojo de pantano
                                       aroma a pecado
 fiambre húmedo;
aborto demoniaco que en cenizas infernales te evaporas para condensarte en perfume azufrado. Del polvo naciste, y en polvo  has muerto;como muerto los días postrados en la memoria del  Cristo negro.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada